Es habitual que haya alumnos que sientan cierto apego por algún docente y viceversa. También está claro que uno, como docente, no le termina gustando a todos. Pues bien, el jueves pasado (11/08/2022) me sucedió algo que nunca antes, en los casi 25 años que llevo dando clases, me había sucedido.
Es habitual que yo siempre deje la puerta de mi salón abierta, independientemente de que se necesite (o no) la ventilación cruzada; es decir, sea frío invierno o caluroso verano, la puerta de mi salón está abierta.
El jueves, estaba yo dando una de mis clases grupales, cuando, a eso de la mitad, entró una alumnita (esa que me tiene cierto apego), que es del salón de al lado, con toda la seguridad del mundo y se sentó en la primera banca que descubrió vacía. A pesar de haberla seguido con la mirada, no me atreví a decirle nada; simplemente la dejé y continué. En un momento en que dejé que participasen mis alumnos, me senté en la banca más cercana a la suya, me miró implorante y me dijo: "por favor, no diga nada, es que se supone que estoy en el lavabo". Por supuesto, no dije nada y la dejé.
En resumidas cuentas, esta jovencita, se escapó de su clase, con la excusa de ir al servicio, para pasar más de media hora atendiendo mi clase. ¡Gracias! Es lo único que se me ocurre. Me siento orgulloso de que mis clases sean tan interesantes como para que a alguien le merezca la pena arriesgarse a escaparse de su salón para meterse en el mío (teniendo en cuenta que ambos salones están pegados a la oficina del director).
¿Y tú, alguna vez te has escapado de tu salón de clases para meterte en el del docente que te cae bien? ¡Dímelo en los comentarios!
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