Donna Mitchell - Consolation No. 2

  My personal review:      We had already discussed what a Consolation is in music in a previous article , as well as the possible sources of inspiration for Franz Liszt, the first composer to use the name Consolation for one of his pieces.      Donna Mitchell's Consolation No. 2 creates a calm, poetic, meditative atmosphere.      It is a piece in two sections, each of which is divided into three subsections, plus an introduction and a coda; its slow and leisurely tempo, as well as the constant accompaniment of arpeggios, are the main characteristic of this piece.      It is worth noting that the second section, although it feels like a restatement, has certain variations (especially in the second subsection), which create some interest for the listener, which is further enlivened by the surprising coda.      Mitchell's social links:      YouTube (Channel 1)      YouTube (Chann...

¡El reconocimiento más valioso que puede recibir un docente!

    Ya estamos a finales de julio y, con el mes, se va un curso más y llega otro nuevo. Es momento en que, muchos docentes, reciben en un acto público, emotivo, su diploma al mérito (me ha tocado recibirlo alguna vez), acto que termina y se pierde, quizás, en el olvido.    

    Aquí, donde vivo, existe la prohibición, por ley, de que los docentes podamos tener el más mínimo contacto con nuestros estudiantes fuera del salón de clases. Es decir, la relación entre docentes y estudiantes es, meramente, profesional. Así pues, nada de tenerlos en redes sociales, ni como contactos en tu teléfono móvil, ni nada parecido.

    Sin embargo, llegó la pandemia, y se permitió que cada centro de estudios decidiera qué medios telemáticos usar y cómo usarlos.

    En mi caso concreto, se permitió usar una famosa aplicación de mensajería para aclarar dudas y dos plataformas de videoconferencias para las clases en línea, de tal modo que, cada día de la semana, yo atendería a un grupo concreto de alumnos, de 08:00 a 20:00 por mensajería, para las dudas y, aparte, su horario de clases.

    En principio sería por 40 días, que se alargaron a 60 y después a 120... y así hasta llegar a los 23 meses y algunos días de total encierro y clases en línea.

    No pasó desapercibida esa joven (no diré su nombre, por supuesto), que llegó conmigo en sus primeros semestres, aún en clases presenciales.

    Durante los dos años que estuvimos en la modalidad virtual, le tocó tener clases conmigo los miércoles a las 14:00, pero podrían enviarme mensajes de dudas esos mismos días, de 08:00 a 20:00.

    Se convirtió en una rutina: todos los miércoles a las 08:00 en punto, en punto, *BEEP BEEP*, su mensaje para preguntarme dudas.

    Como el pastor conoce a sus ovejas, el docente conoce a sus estudiantes. Ella no tenía, realmente, dudas, solamente necesitaba empezar el día con unas palabras que le transmitiesen seguridad en sí misma.

    Regresamos a la clases presenciales: ella volvió a ser la misma joven de siempre, aplicada, trabajadora, estudiosa, callada...

    Reconozco que, las primeras semanas, echaba de menos el *BEEP BEEP* de las 08:00 en punto de los miércoles por la mañana (hasta me quedaba mirando mi teléfono para verificar que no había sonado); de alguna manera, se me había quedado grabado en mi subconsciente.

    Y llegó el último día, y cuando digo el último día, quiero decir el último día: ella ya se graduó.

    No me gustan las despedidas y, de algún modo, ella lo intuía y lo respetó: la última clase se sintió como una clase más, como un hasta luego y no como un adiós.

    Llegó mi hora de salida. No había caminado ni 50 metros cuando *BEEP BEEP*; no era miércoles, no eran las 08:00, pero era su mensaje de despedida. Lo más valioso no era que dijese que de mí se llevaba los conocimientos que le supe transmitir, sino también los valores que le inculqué.

    Son muy pocas veces en la vida en las que un estudiante reconoce que le has transmitido valores.

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