Siempre me ha gustado caminar mucho: no he tenido (ni tengo problemas) en explorar, perderme y encontrarme, lo cual suelo hacer cuando no voy a contrarreloj, obviamente. Una de las anécdotas de las que mejor guardo recuerdo (no sé si llamarlo recuerdo agradable, desagradable, divertido o... simplemente recuerdo...), es el de mi primer día de trabajo aquí, en México:
Yo había llegado a este país el jueves día dos de diciembre de 2004, a eso de las 20:00 (hora local) y ocupé todo el mes de diciembre y parte del de enero (de 2005) en buscar y encontrar trabajo. ¡Y lo encontré!
Me contrataron en la universidad para dar clases de piano y, aunque el semestre comenzó el día 3 de enero, en lo que se aceptó mi contrato y no, yo me integré el lunes día 17 de enero (de 2005).
En esos días en que fui, sea para llevar el CV, para la entrevista de trabajo, para firmar el contrato y autógrafos y demás, había tenido la suerte de que me llevaban en auto.
Mi lugar de residencia era a dos pueblos de la ciudad de Tulancingo de Bravo (no voy a entrar ahora en nombres) y el Instituo de Artes donde iba a trabajar estaba en un pueblo a poco más de dos leguas de distancia de la ciudad de Pachuca de Soto.
Pues bien, llegado el sábado día 15 de enero, ensayé toda la ruta que tenía que recorrer y además calcular mis tiempos: aclaro, era sábado por la mañana.
Tomé un "micro" (microbús, para mis amigos de España), en el centro del pueblecito donde yo vivía (justo en la calle detrás de la casa donde yo vivía), el cual me dejaría en Tulancingo, no muy lejos del centro. Cerca de ahí tomaría otro micro que cruzaría todo Tulancingo y me dejaría en el "Seguro" (llamado así por la cercanía a la clínica del Seguro Social"), donde los autobuses que salen hacia la CDMX (Ciudad de México), Puebla o Pachuca (entre otros destinos "menores"), hacen parada obligada. Ahí tomaría el autobús a Pachuca y me bajaría en el apeadero llamado "Seguro" (por la misma razón que antes). Justo donde me bajaría, tomaría el micro que me llevaría a Mineral del Monte y me dejaría en la mismísima puerta del Instituto de Artes.
Para el regreso, tomaría el micro en dicha puerta, teniendo en cuenta que, en la parada, habría siempre dos micros (y un revisor); el micro que estaría delante, bajaría a Pachuca por la zona conocida como "La Asunción" (llamada así por una parroquia), en la periferia del centro; mientras que el micro situado detrás me llevaría al "Seguro" (la salida a Tulancingo). Yo tomaría dicho micro y en el "Seguro", que está el apeadero de los autobuses, tomaría el que me llevase a Tulancingo.
La llegada de cualquier autobús a Tulancingo es todo un acontecimiento social para los micreros locales: los autobuses tienen cuatro paradas (a saber: "San José, "Gigante", "Cruce" y "Seguro") antes de llegar a la estación de autobuses; pues bien, los micros se pegan a los autobuses, cual rémoras a los tiburones, para recoger pasaje en cada parada.
Mi parada de regreso, sería "Gigante" (llamada así por un antiguo hipermercado, que ya no existe, por lo que actualmente se llama "La Joya", debido a un conocido hotel).
Ahí tomaría un micro que me llevaría hacia el centro de Tulancingo, cerca de donde yo tomaría el micro que me dejaría, no en el pueblo donde yo vivía, ya que llegaría en la noche, a unas horas en que ya no habría micro para dicho pueblo, pero sí al otro, donde me esperaría alguien en un auto para, definitivamente, llevarme a casa.
¡Hasta aquí todo bien, todo era así de sencillo, el lunes siguiente no podría salir absolutamente nada mal, y el título que le he puesto a este artículo no tendría ningún sentido ¿verdad?!
Llegado el día "D", como medida de precaución adicional, me habían prestado un teléfono móvil (me gusta la tecnología, pero soy muy desapegado de ella).
Para estar en mi lugar de trabajo a las 08:00 a.m. tendría que levantarme a las 05:00 a.m. y tomar el primer micro a eso de las 05:30. Poco antes de las 06:00 de la mañana yo estaría tomando el micro que me llevaría al "Seguro" en Tulancingo y unos veinte minutos después, ya estaría montado en el autobús, camino a Pachuca. Fue cuando me percaté de que el teléfono se había quedado en casa.
En esa época, no existía la autopista Pachuca-Tulancigo, sino que había una carretera estrecha, escabrosa, llena de curvas y barrancos (de hecho, tiempo después, cuando yo ya tenía un auto, aún me tocó conducir por ahí).
Bastante pasaditas las 07:00 me bajaría en el "Seguro" (Pachuca) y tomaría el micro para ir a Mineral del Monte. A eso de las 07:45, estaría haciendo mi "Entrada Triunfal" en el Instituto de Artes y a las 08:00 en punto, estaría sentado en mi salón de clase, junto al piano, atendiendo a mi primer alumno del día.
Mi hora de salida era a las 20:00 (p.m. obviamente), con lo cual, me dirigí hacia la puerta del Instituto, donde estaba la parada de micros y... ¡OH SORPRESA...! Solamente había uno. Aún a riesgo de que no me contestase, le pregunté al revisor: "¡Oiga! ¿Y el del Seguro?" (aclaro: aunque actualmente sucede cada vez menos, en esa época, eran pocas las personas que ayudaban a desconocidos y, si lo hacían, te contestaban como si tuvieras la OBLIGACIÓN IMPEPINABLE DE SABER LA OBVÍSIMA RESPUESTA A LO QUE ESTABAS PREGUNTANDO y, por tanto, hubieras podido ahorrate la pregunta). Por lo que, de mala gana, me dijo que la última corrida al "Seguro" era a las 19:30 horas.
¡Y aquí comienza la aventura!
Tuve que tomar, sí o sí, el micro que me llevaría a la Asunción. Aclaro que aquí, en invierno, oscurece muy temprano, por lo que a las 20:00 horas, ya parece medianoche; especialmente, teniendo en cuenta que la Asunción es una zona de mercados y que, a esas horas, está desierta e insegura.
Una vez allí (20:30), tenía claro dos cosas, no podía preguntar a ninguno de los poquísimos transeúntes que había por la calle, y menos a los micreros (ya que, en días anteriores, había experimentado un par de frustrantes situaciones con ellos, dado que, en dos ocasiones que había tenido que ir al Instituto Nacional de Migración para arreglar mis permisos de estancia, trabajo, matrimonio, etc., había preguntado a dos micreros: "¿Pasará por el INM?" y sus respuestas fueron gritarme "¡Paga antes de subirte!": aunque es una situación que cada vez se da menos, en esa época, como digo, poquísima gente y, menos los micreros, ayudaban a un desconocido, especialmente si detectaban que eres foráneo, por así decirlo.
Pues bien, la segunda cosa que tenía clarísima, era que no me podía quedar quieto, ya que, a esas horas, esa zona de Pachuca ya estaba muerta y, como luego me enteré, los micros que había alrededor de la Plaza de la Constituación, eran los últimos del día; así pues, hice un recorrido rápido y vi uno en cuyo cartel se leía: "CENTRAL" con letras mayúsculas, por lo que se me vinieron a la mente dos expresiones que ya eran conocidas para mí: "Central de Abastos" y "Central de Autobuses" (aunque en ese momento lo ignoraba, después supe que en Pachuca ambas centrales están juntas). Así que, sin saber exactamete dónde me llevaría, lo tomé (al menos me sacaría de allí).
Ahí estaba yo, en un micro, en pleno invierno, con los cristales empañados, por lo que no se veía mucho hacia el exterior, sin saber exactamente el aspecto que tendría el lugar al que me dirigía y, prefiriendo no preguntar, para no ser tratado a gritos.
Se pasaban muchos pensamientos por mi cabeza: "y si ya me había pasado de mi parada", "y si todavía no llegaba a mi parada...", "y si..."; de repente tuve una corazonada y, habiendo calculado que había pasado el tiempo suficiente (más de media hora) como para estar cerca de la "Central" (sea cual fuese de las dos), decidí que pediría parada y, si no era ahí, simplemente, exploraría un poco hasta dar con ella, cuando, una voz femenina (de una de las tres personas que iban conmigo en el micro) tomó vida, diciendo: "En la parada, por favor". Habiendo llegado a dicha parada, me bajé (nos bajamos todos) en lo que, entendí, era la última parada. Cuando giré mi cabeza, decidido a comenzar mis labores de exploración, vi unas letras grandes (no luminosas, en esa época), de color verde, en mayúsculas: "CENTRAL DE AUTOBUSES". Corrí al interior y llegué a la taquilla del autobús que debía tomar, con intención de comprar el ticket y pregunté: "¿Todavía hay autobuses a Tulancingo?" (aclaro: el personal de los autobuses de línea, dado que toma cursos de atención al cliente, suele ser muy agradable), por lo que el señor me contestó: "Tienes suerte, está a punto de salir el último, toma: ¡CORRE!".
Justo al abordar el autobús, sentí que se cerraba la puerta y se ponía en marcha.
Todavía pasaraía (el autobús) bastante tiempo en la ciudad de Pachuca en lo que sentí que, efectivamente, era como deshacer el camino que yo había hecho para llegar a la Central, ya que dicha central está en la salida hacia la CDMX y tenía que ir hacia el "Seguro", en la salida a Tulancingo y, en cuyo apeadero, haría una parada de unos cinco minutos. Sea como fuere, el resto del camino ya me era conocido.
Durante el (larguísimo en esa época) recorrido hacia Tulancingo, cavilé mis siguientes estrategias:
- Bajarme en "Gigante" y, en el supuesto de que no hubiera micros, caminar los arpoximadamente tres km. que me separaban del pueblo al que tenía que llegar por una carretera, por aquel entonces, oscura y sin aceras.
- Bajarme en el "Cruce", zona oscura, solitaria e (no demasiado) insegura y pasar al punto 3.
- Caminar hacia donde salen los micros que me llevarían al pueblo al que iba y, en caso de no haber pasar al punto 4.
- Buscar una tienda (a esas horas en Tulancingo no es del todo difícil encontrar aún alguna abierta), comprar una tarjeta de teléfonos, buscar una cabina telefónica (ya en aquel entonces eran muy escasas en Tulancingo y casi ninguna, o ninguna, era de monedas: yo tenía localizada una en la mismísima puerta del antiguo hospital, que aún hoy en día existe, casi como un monumento, pues ya nadie la utiliza).
Así pues, llegando a "Gigante", comencé a mirar por todas las ventanas del autobús en busca de alguna "rémora" (como yo las llamaba por las razones que expliqué antes), pero no vi ninguna. Así que, para ir decidiendo mi estrategia final, me acerqué al conductor y le dije: "¡Oiga! ¿Cree que todavía haya micros para ir al centro?". Me perguntó: "¿Te refieres a los chiquitos?". Le confirmé: "¡Sí, de los que siempren andan alrededor de los autobuses!". Miró por el retrovisor y me dijo: "¡Tienes suerte! ¡Viene uno justo detrás, debe ser el último del día!". Me pregunté dónde había escuchado yo eso antes. El chófer añadió: "¿Quieres que la pare?". Le dije: "Si me hiciera el favor, le quedaría muy agradecido".
A pesar del frío, sacó su mano por la ventana, le hizo una señal al micrero, que se detuvo detrás del autobús para esperarme. Se abrió la puerta, nuevamente le agradecí al conductor su amabilidad y me despedí de él con mis planes cambiados.
El micro me dejó no muy lejos de donde tomaría el que me llevaría a mi destino (casi) final.
Cuando llegué a la parada, no había micros, solamente estaba el revisor: es obvio que si estaba ahí era por algo y que mi pregunta sonaría estúpida, pero, teniendo en cuenta que la gente en Tulancingo, en esa época era un poquito (pero poquito) menos fría que en Pachuca, me atreví a disparar: "¡Oiga! ¿Ya se habrá ido la última corrida?", a lo que él respondió: "Tienes suerte, el último viene con retraso, está a punto de llegar". Por tercera vez, en el lapso de unas tres horas, alguien me había dicho que tenía suerte: ¡Sin duda era el día más suertudo de mi vida!
Por fin llegué al pueblecito donde me estaban esperando para llevarme en auto a casa. Pasaba ligeramente de las 00:00 a.m. del martes 18 de enero de 2005. La alarma de mi reloj sonaría a las 05:00 a.m. y... ¡comenzaría una nueva aventura!
¿Y tú? ¿Alguna vez te has perdido durante el día más suertudo de tu vida? ¡Dímelo en los comentarios!
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