Los que me conocéis bien, sabéis de sobra que me considero un amante de los animales y las plantas y que siempre intento promover el respeto hacia la Naturaleza.
Me siento afortunado porque en la zona donde vivo puedo encontrar una variadísima fauna: basta caminar unos trescientos metros hacia el oeste, donde las noches de verano se ven iluminadas por cientos de luciérnagas y, sí, entre mis visitantes más asiduos (quiero decir, que entran a la casa), hay todo tipo de arañas, alguna que otra tarántula, grillos, escarabajos, cabrillas, babosas... ¡Ah, sí! Durante una lluviosa noche de verano, me visitó una rana (me costó un poco sacarla al jardín, pero lo logré).
A veces he pillado algunos ladronzuelos (hablo de ardillas y tordos) entrando, literalmente, en la casa, para despacharse algunas croquetas de Carambola (mi Golden Retriever); y, lo peor, ella se quedaba mirándolos, en actitud de decirles "pasad y servíos"; al fin y al cabo, es el jefe el que se levanta a las 05:30 para ir a trabajar y que no falten croquetas... En realidad, me gusta que en mi jardín haya comida y agua para quien quiera pasar a surtirse (colibrís, gorriones comunes, gorriones africanos, ardillas...). Y por lo visto, esto del respeto a los animales, es contagioso: a veces he visto a Tigresa (mi gatita) hablando con los pájaros en idioma pajaruno, con los perros, en idioma perruno y con los insectos ¿en idioma insectuno? (yo no los oigo, pero ella parece que sí). Tigresa no es precisamente Diana la Cazadora, pero es políglota.
Y hablando de levantarse temprano: en la madrugada da mucho gusto oír el canto de las aves, tanto las que amenizaron la noche y ya se van a dormir (¡Sí, sí; aquí hay aves noctámbulas!), como las que se están despertanto (a la misma hora que uno): tordos, gaviotas, gorriones, palomas, tórtolas, etc. Los días que tengo la posiblidad de levantarme un poco más tarde, es hermoso contemplar por la ventana el vuelo de otras aves más exóticas, por no decir inesperadas: águilas, garzas blancas, garzas negras, y otras que no logro identificar. De hecho, durante los dos años pandémicos de encierro total que tuvimos los que nos dedicamos a la docencia, pude comprobar que un polluelo de águila tomó mi azotea como pista de aterrizaje para hacer sus pininos durante sus primeras lecciones como piloto de caza: en una ocasión su mami también aterrizó en dicha pista (se escuchó un poco estruendoso en mi techo, pero no pasó nada malo).
Y otras que también llegan a aterrizar, por decenas, en la casa, son las grazas blancas.
Pues bien, imaginad ese domingo por la mañana en que, tras abrir mis ojos y hacer mis ejercicios de estiramientos, desperezamientos y bostezos e ingerir mi merecidísimo desayuno del domingo, entré en mi estudio y me disponía a abrir las contraventanas para dar los buenos días al Sol. De por sí, abrir las contraventanas es una maniobra en la que me juego el tipo: tengo que hacer un poco de equilibrio sobre un banquito de plástico en el que a penas quepo y tengo que levantar la pesada estructura de madera. Y lo que menos se espera uno al abrir la contraventana, es que al otro lado del cristal, haya un par de plumíferos ojos observándote detenidamente (normalmente los animales salvajes huyen ante la presencia del ser humano); así que, de pronto, sentí un nudo en mi glotis que no me dejaba estructurar palabra ni respirar, mi corazón a punto de explotar en el pecho (incluso podía escucharlo latir en mis oídos) y todo mi cuerpo paralizado (por un momento temí caer al suelo); tras los primeros segundos de encuentro y, casi empezando a reaccianar ante lo que me estaba sucediendo, mi nuevo amigo me dijo, tranquilamente, *CRUAP* o *CRUACK* o algo así (no estaba mi cuerpo para onomatopeyas ni Tigresa estaba presente para traducirme). Creo que el plumífero se dio cuenta de que me había asustado, por lo que decidió quedarse unos 20 minutos en la ventana observándome, hasta que me recuperé del susto y, tras dejarse tomar las fotos que adjunto más abajo, se marchó con su conciencia tranquila de que no me había pasado nada malo; eso sí ¡(Casi...) ... me muero del susto!.
A continuación os dejo tres fotos del sujeto en cuestión para que, si os lo encontráis por la calle, sepáis que casi me mata de un susto:
¿Y tú? ¿Has tenido alguna vez alguna experiencia que casi te haya matado del susto? ¡Dímelo en los comentarios! ¡Ah, por cierto! ¿Sabías que puedes suscribirtre a mi blog para no perderte ninguna publicación y estar al tanto de todo lo que publico? ¿A qué esperas? ¡Es gratis, y te lo agradecería muchísimo!
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